María Sabina y “Los Niñitos de Dios” (fin)

 
La Colonia sometió a los indígenas, pero no a  sus almas. Así en México, la tierra de Sabina, su yo interno nunca pudo ser sojuzgado, lo que se comprueba en la supervivencia de ritos que nunca dejaron de practicar. Quizás la tradición de los hongos sagrados fue lo más importante de lo que pudieron salvar los indígenas. Pues si se creía que era una práctica al parecer sepultada en el olvido (las referencias formales a su uso terminan en 1726), ellos continuaron con  el rito en el sigilo de sus chozas . Para los habitantes  posteriores, las drogas naturales de los indios eran temidas y aún despreciadas, haciendo pesar sobre ellos la condenación del siglo XVI; sólo cuando Antonin Artaud y Aldous Huxley, a comienzos del siglo XX, iniciaron la reivindicación de la práctica despreciada, fue que surgió el interés  por los posibles medicamentos que se podrían obtener de estas variedades de hongos únicos
En 1936, el ingeniero Roberto Witlander había ofrecido  a la comunidad científica su informe sobre ciertas especies de hongos alucinógenos que se consumían en la Sierra Mazateca; dos años después, un sueco, el etnólogo Jean Bassett Johnson había publicado también algo sobre una ceremonia ritual con hongos que había vivido en México, pero pasó inadvertido incluso en su propio país
Entonces, correspondió a Gordon Wasson, casi dos décadas después, su “descubrimiento”. Y así quedo abierto  el camino a la valorización de este legado único del pasado americano

 La tradición del conocimiento de María Sabina venía de muy lejos en el tiempo,  reflejaba la conciencia de un poder sagrado y olvidado, era expresión  viva del grandioso pasado de una raza  que durante innumerables años se había ejercitado en abrir las puertas a otro campo de percepción
Se dice que María Sabina era una síntesis total de la mente anterior a la conquista, que resumía en su alma la religión antigua de América,
Como María Sabina hay muchos y grandes chamanes en toda  América Latina, a menudo  menospreciados; y sin embargo tienen mas de 500 años manteniendo viva la llama de su cultura,  curando y ayudando a la gente del pueblo; siendo portadores y testimonios de la antigua raíz.

Relato de una experiencia ritual en casa de María Sabina (por Waldemar V. Fuentes :

” Nos sentamos en sillas bajas de palma: María Sabina frente a José María, con quien no deja de hablar. Cuando todos los niños de la familia duermen, María Sabina se pone de pie y se dirige a un pequeño altar empotrado en la pared: de allí toma un plato de porcelana donde reposan los hongos envueltos en hojas con la textura del plátano. Toma un par y los come ella misma. Toma otro par y los da a José María;  y, finalmente, a mi. Luego repite el solemne rito aún dos veces. El sabor,  poco a poco, me parece horrible, a medida que pasan los instantes un sabor fuertísimo ataca mi garganta, no puedo soportarlo y, con vergüenza, salgo apresuradamente a vomitar. Vuelvo consternado, pero es como si nadie hubiera percibido mi ausencia. María Sabina sigue hablando a José María, pero ahora tiene un paño blanco apoyado en sus faldas que borda con pericia;  La observo y dudo que esa viejecita encorvada sea una poderosa maga: de inmediato ella dice mi nombre varias veces, apenas observándome. Desde ahora sé que es obvio que María Sabina sabe, de alguna forma, los movimientos ondulantes de mi mente; cada vez que dude, en lo sucesivo, su voz cadenciosa me devuelve la tranquilidad. En un instante me aterrorizo, pero decido abandonarme a los designios de Dios. José María dice:
“El te escucha ahora mismo. Háblale con toda libertad.” Comienzo a repetir en mi mente los rezos que aprendí en la infancia,  sólo esta idea desbocada de clamar a Dios para que se deshaga el miedo que tiende a invadirme… pienso que he comido hongos alucinógenos sin saber, en verdad, nada de lo que pueda suceder y tiende a asaltarme una idea angustiosa; siento a María Sabina decir mi nombre y decido que el miedo es en verdad repulsión a la náusea que tiende a asaltarme desde el sabor mineral que tengo en la boca, . Salgo nuevamente de la cabaña a la oscuridad de la noche, hay luna nueva y el cielo está plagado de estrellas, al aire libre me obligo a devolver cuanto sea que haya ingerido, siento luego como si hubiera tirado los deshechos de toda mi vida por la boca… me asalta un cansancio enorme, entro  de nuevo a la habitación y  me tiro en uno de los petates en el suelo, tal cual como he visto hacer a los niños. cierro los ojos, me envuelve el dulce sonido de la lengua mazateca que hablan María Sabina y José María; estoy protegido. Siento claramente que el tono musical de las voces me llena de gozo. Estoy inmóvil, intento mover un brazo y no puedo, pero en modo alguno me aterrorizo ; estoy como muerto en el petate y me siento perfectamente cómodo: es tal cual si la tierra se hubiera adaptado a la forma de mi cuerpo;  Las palabras de María Sabina me llegan ondulantes, abriéndose camino en el aire, ocupando su propio lugar en el espacio, dulcemente, tienen una musicalidad que se deshace y compone en un ritmo uniforme y perfecto; siento enorme respeto por las voces que danzan en la habitación y pienso que por nada debo hablar, , sin embargo, en un instante escucho mi propia voz hablando decididamente.  le ruego a José María que sirva de traductor; . Les cuento de mi infancia en Santiago, Luego hablo del mar, . Ella dice que una vez vio el mar,  me pregunta por los juegos de los niños que viven a orillas del mar, le cuento  María Sabina sigue plasmando de figuras vegetales, azules, verdes, rosas, su paño blanquísimo, . . Me quedo en silencio y veo a María Sabina y José María largo tiempo, envueltos en la luz de una vela, en la claridad azulosa con que tiñe el copal al aire, en el dulce sonido de sus voces, que es quebrado por el llanto de uno de los niños, María Sabina:  deja su labor y, , acurruca a su nieto, iniciando un canto de tal suavidad que me siento inmerso en la canción de cuna más bella que nadie oyó; en su canto, en verdad, nos acurruca a todos, siento una indescifrable complacencia. El niño, ya tranquilo, vuelve a los brazos de María Apolonia durmiéndose en su regazo. María Sabina, ahora, toma su bastón y comienza a golpear suavemente la tierra entre ella y José María y la música que ahora siento venir no es menos singular. El suave sonido del madero golpeando el suelo dota a todo el entorno de una vibración extrañísima; es como si la Tierra profunda vibrara en una sola nota, que viene precisamente de allí donde ella toca, toc, toc, toc… Oigo a María Sabina y José María repetir un sonido monosilábico: xi, xi, xi… no sé cuánto dura este sonido que se apropia de todo, xi, xi, xi… Sé que el instante es supremo y agradezco a la vida por permitirme llegar hasta dónde he llegado; así caigo en una especie de ensueño. No me parece estar dormido ni me pregunto siquiera dónde me encuentro , simplemente estoy leyendo con luz de día mientras, al mismo tiempo, me observo desde lo alto. Estoy , íntimamente recogido, leyendo un libro austero, sin adorno alguno,  me inclino para ver qué leo con tanto afán y veo que las hojas son blancas: al instante de fijar mi vista en ellas las veo convertidas en una especie de recipiente de todo cuanto soy, es tal cual si lo que está allí escrito fuera absorbiendo parte por parte todo mi cuerpo, y comienzo a hundirme entre las líneas de palabras, entre cada letra, entre las comas y los puntos y los dos puntos y los puntos y coma, de pronto veo un acento majestuoso y soberbias mayúsculas, mis ojos, mi oído, mi piel, la luz grande que ilumina toda la escena, aullidos de perros a lo lejos, el calor y el frío, todo está entre estas líneas a las que he caído desde lo alto y que recorro como si fueran cosa viva. Leo una palabra y al instante el concepto que representa el signo pasa a ser parte de mi mismo, en manera compleja y delicada. Así, por las palabras tomo conciencia del mundo a través de un concierto interminable de cosas que leo allí. No sé cuándo he iniciado la lectura ni cuándo acabo, sólo siento que mi trabajo está plenamente justificado,  y con ello siento justificada mi vida entera, Siento que nada más necesito como no necesité jamás. No parezco tener peso alguno, y en una fracción del tiempo pienso que estoy leyendo levantado del suelo, me asusto al pensarlo y temo quebrar la ilusión, pero no, así sigo, leyendo en el aire, ahora creo que no he caído desde lo alto, sino que he brotado desde lo bajo, anulada la gravedad, carente de peso, mientras no dejo de leer, sin apoyo alguno, sin otra conexión más que mi vista en las palabras, en medio de la nada original, en el vacío absoluto, justo al centro de lo que está en movimiento detenido, donde el tiempo no existe… mi coherencia está rota en mil pedazos y no me importa: es más que suficiente saber que leo algo maravilloso, de lo que no guardo el más mínimo recuerdo, Solo sé que estoy lejos de todo y sigo allí mismo, presente. En un instante es como si rodara entre los espacios vacíos que quedan entre letra y letra, entre palabra y palabra, entre línea y línea; digo rodando en el sentido cíclico del término,  De súbito “aquello” desaparece como se presentó, naturalmente, simplemente el libro no está más. Me siento ahora en el petate con gran energía. Siento en plenitud mis fuerzas y el sabor mineral del hongo,  ha desaparecido completamente. Siento una gran confianza dentro de mi mismo, cierta serenidad gozosa, cuyo influjo no se desvanece con los primeros rayos del sol temprano; al contrario, el día filtrándose por las hendiduras parece dar vida nueva a cuanto ilumina, tal cual si el éxtasis fuera, en cierto modo, coronando más y más a medida que envuelve todo el espíritu vital del día. Me siento inclinado a la acción. No es ahora el efecto químico de la psilocibina en mi cuerpo lo que siento, no, es algo de naturaleza diferente, como fe y certeza de que cuanto vivo en esta cabaña pobrísima de mesoamérica, durmiendo en el suelo, con María Sabina, María Apolonia, los niños y José María, de alguna manera, siento, me ha acercado al espíritu mágico de la naturaleza humana,  a esa estructura refinada que hay en todo lo vivo “

“La luz blanca, del día  entra por la puerta de la cabaña y es como si afuera todo se incendiara, sin quemar. Un rayo de sol toca la cara de María Sabina que la inunda toda en luz, veo sus ojos azules eléctricos, su piel dorada como de puro oro, su pelo incendiado de brillo; le sonrío y responde igual: me invade hacia ella un sentimiento de respeto inacabable. Veo que José María va hacia ella y, con sumo respeto, le besa las manos. Hago lo mismo. María Sabina está radiante y su esplendor baña todo el cuarto, en que los niños poco a poco inician su despertar, plácidamente, en el suelo. Al salir, y despedirnos, María Sabina nos regala a cada uno un puñado de copal,  Bajamos al pueblo por la cuesta bordeada de plantas y flores. Bordeando el camino  tengo esta experiencia:
“Hay un plano sembrado de altos magueyes separados por los surcos para el agua, y entro al plano. José María me sigue. Los surcos de regadío están secos, quito mis zapatos, mi camisa y me tiendo allí mismo, cara al cielo; de inmediato siento que brotan cientos, miles de raíces de mi cuerpo y van a lo más profundo de la tierra; ni una piedrecilla me estorba; es como si la tierra fuera un paño de terciopelo acariciador, . Un gusanillo verde, casi transparente, cruza mi torso desnudo: lo miro a los ojos largo tiempo y en la mirada del gusanillo sé que todo lo vivo tiene su propia razón de ser, que permanece ignorada a nosotros. Luego levanto mis ojos al cielo y sucede algo terrible: veo que el cielo explota en movimientos y colores amenazadores, siento que se me viene encima para arrancarme bruscamente de la tierra y me afirmo instintivamente a los fuertes tallos del maguey que hay a ambos lados de mis brazos, sin que una sola espina me dañe; me aferro fuertemente a las plantas pero, con horror, siento que el cielo comienza a absorverme, irremediablemente parezco a punto de salir disparado hacia el infinito amenazante; quiero gritar por ayuda y la voz no sale de mi garganta; observo a José María que está a un lado mío, sentado en cuclillas, lo miro y su forma me espanta: ya no es un ser humano, es ahora un puma enorme, imponente, definitivo, y vigila mis movimientos, me siento perdido, pero, recapacito, siento que ese feroz animal, en verdad, está protegiéndome. Cierro los ojos y poco a poco me tranquiliza el contacto suave del surco de tierra en que yazgo. Me incorporo lentamente y veo que José María ya no es un puma: ha vuelto a su forma humana. El cielo ya no es amenazador ni mucho menos: es un arrebol temprano cruzado de todos los colores, magnífico. Hay una brisa fresca agradibilísima, caminamos. Cruzamos el plano de los grandes magueyes siguiendo el sendero de los surcos del agua, cuando sucede un hecho pequeño y maravilloso: veo en el suelo un ramito de flores secas, tres flores muertas, las levanto entre mis manos y, lo aseguro a quien quiera oírlo, las tres flores de inmediato renacieron, volvieron a la vida, se hicieron frescas nuevamente, como si nunca hubiesen muerto… al ver lo que sucede, me asusto, y las pongo, de prisa, nuevamente en la tierra. Sigo, y pienso que ha sido efecto de los hongos mágicos, nada más que una alucinación individual, la dejo atrás. Retornamos luego a la Ciudad de México . Nos despedimos. Duermo un día entero. Luego he vuelto a ver a José María y me ha comentado el hecho que no tiene lógica alguna: él también vio cómo renacieron las tres flores secas. No supimos una explicación lógica, “

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